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“LA HUELGA” DE DAUMIER (1860): UNA MIRADA PERSONAL

“LA HUELGA” DE DAUMIER (1860): UNA MIRADA PERSONAL

Visitando la exposición de Impresionistas y Modernos. Obras maestras de la Phillips Collection en el Caixa Forum de Madrid, exposición recomendable con una magnífica colección de pintura, una obra me llamó la atención sobre todas la cual ya conocía pero nunca tuve la oportunidad de ponerme frente a ella y admirarla tal como es y lo que me produce el verla.

Se trata de la pintura titulada “La Huelga” “La Revuelta” o “La Revolución”, pintada por Honoré Daumier en 1860. Daumier fue un pintor englobado en el llamado Realismo de la pintura que consistió en reflejar una pintura de crítica, protesta y reivindicación en donde los protagonistas eran las clases más desfavorecidas de la sociedad frente a un momento en la historia en que se inicia la Revolución Industrial potenciando las desigualdades de la sociedad y la lucha obrera entre otras realidades, en donde se incrementa las desigualdades entre el campo y la ciudad y en donde se produce una movilización y reivindicación de la persona, de los colectivos o de la sociedad en general.

En medio de este descontento que se inició en la segunda mitad del siglo XVIII, en Francia y concretamente en el París del siglo XIX, estalla la Revolución Francesa y con ella diversas revoluciones con el levantamiento de las clases sociales reivindicando sus derechos. La Revolución de febrero de 1848 en París supuso para Francia la caída de la monarquía y el inicio de la II República.

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Sabiendo esta situación social vamos a mirar y a comentar el cuadro. Lo que vemos reflejado es una masa de personas que se sitúan en una calle de una ciudad en donde destaca un joven de camisa blanca que aparece con la mano alzada y el puño cerrado en un gesto de grito o reivindicación. Es lógico pensar que lo representado es una idea de la lucha de un pueblo por unas ideas o unos derechos cuya mirada está concentrada en el joven de la escena central. Es decir, no nos importa el hecho o la situación, aunque sepamos que sea la huelga en febrero de 1848 en París, pero eso no importa, podría ser cualquier huelga o cualquier reivindicación de masas.

Sabemos que todo acontece en una calle pero no importan los detalles a representar, hay unas casas y una diagonal en la calle que nos hace salir del cuadro e imaginarnos su terminación en nuestra cabeza. Pero no es importante el escenario.

Por otro lado podemos deducir que en una manifestación o huelga pueda haber cientos o miles de personas asistiendo a ella pero ¿dónde están representados? ¿los vemos? porque si contamos bien tan solo aparecen seis rostros representados y ¿el resto? De nuevo, nos lo tenemos que imaginar, están fuera del cuadro y nosotros tenemos que completar el total de la representación. Pero de igual manera que no importa el escenario, tampoco importa el número de personas que puedan estar representadas en la obra.

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Si nos detenemos en los rostros o personas representadas, tan sólo se reflejan a seis personajes entre los cuales aparece un niño, una o dos mujeres de edades diferentes, un hombre con un sombrero alto, otro hombre con una especia de boina y nuestro joven protagonista. ¿Alguien puede definir de manera concreta los rostros de las personas? ¿Alguien puede describir bien a las personas que aparecen? Sus rostros, facciones no están definidos e incluso están en la penumbra, lo más que podemos definir es su género, quizás edad, o incluso condición social ¿será que tampoco son tan importantes? Pues tampoco lo son, tan solo son ideales, un micro escenario de toda una sociedad, como si de una puesta de escena teatral se tratara. Y todas las miradas se dirigen al joven de la camisa blanca, con sorpresa, con asombro, quizás incrédulos o agazapados, quizás no queriendo ver lo que están viendo.

Sin duda el protagonista de la obra es el joven de la camisa blanca, no el hecho histórico, ni la multitud, tan sólo una persona central en la que Daumier le pinta con una camisa blanca para destacarlo frente a los demás, más iluminado, más definido en sus facciones, con las mangas remangadas, la boca entreabierta y su brazo en alto con el puño cerrado mostrando una fuerza y seguridad infinita frente a todos los asistentes.

Escuchemos por un momento el cuadro, sí escuchemos, porque ¿quién nos dice que los cuadros no tienen sonido? Pensemos por un momento en lo que supone una manifestación de cientos o miles de personas, el ruido que se genera, el tumulto, los gritos… pero ¿alguien puede escuchar todo ese ruido frente al joven que grita y se alza ante todos los demás? Un grito desesperado, un grito que rompe muy por encima de todos los asistentes, un grito tan potente y con tanta fuerza que los personajes que se encuentran junto a él lo ven extrañados y sorprendidos, quizás ¿envidiosos?

Aunque de nuevo sepamos de manera concreta el hecho histórico que se representa, realmente pienso que podría ser una pintura totalmente atemporal. Da lo mismo que sea la revolución de 1848 o la última huelga general de cualquier país en los últimos años porque, ese grito, lo volveríamos a encontrar de nuevo y repetido en cada una de ellas y lo que menos importa es el motivo, ya que lo que importa es el deseo de gritar ¡aquí estoy yo, aquí estamos nosotros! con seguridad, con firmeza y con fuerza, buscando una respuesta, luchando por la identidad de la persona, del ser humano.

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Por último, hagamos un ejercicio de identidad, ¿quién nos gustaría ser dentro cuadro? ¿con quién nos identificamos? ¿quién somos nosotros dentro del cuadro? Podemos elegir ser el joven que se revela frente a la masa y no tiene miedo a luchar por su identidad, por su persona; el niño que mira pensando en el ejemplo que le supone ver la falta de miedo; las mujeres o el hombre con sombrero los cuales abren la boca o miran extrañados quizás pensando, miedosos, que no son capaces de actuar de la misma manera porque no pueden o no quieren hacerlo pero siguen a la masa de gente que les acompañan; o quizás el hombre de la boina a la izquierda que mira en otra dirección y no quiere ver lo que tanto desearía hacer.

Creo que Daumier se posiciona y nos muestra su sentir y pensar hacia la sociedad de ese momento que se levanta en la lucha de la propia identidad y que el propio pintor se revela y se alza también con esta temática y composición, hay que pensar que Daumier fue encarcelado seis meses por hacer una caricatura del rey Luis Felipe I de Orleans.

Ahora, te invito a mirar de nuevo a mirar el cuadro, agranda la imagen, mira los detalles y vuelve a mirarlo de manera general ¿no lo ves diferente? ¿no lo vives de manera distinta? Las obras de arte pueden tener unos objetivos concretos, una historia concreta, composiciones, luces, iconografías…. pero las obras también están pensadas para pensar y para meditar sobre el ayer y el hoy o para incluso mirar en el interior de nosotros mismos.

Por David Gutiérrez 

Dedicado a Vanesa Saavedra, quien me inspira y ayuda a mirar y sentir con otros ojos

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Publicado por en 2 marzo, 2017 en Pintura, Uncategorized

 

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EL TRAMPANTOJO “HUYENDO DE LA CRÍTICA” DE PERE BORREL (1874): IMPRESIONES

La pintura Huyendo de la Crítica (1874) del pintor y profesor de dibujo Pere Borrel del Caso es una obra que muestra de manera muy clara lo que un trampantojo representa y consigue engañarnos e incluso enturbiarnos con ella. Se encuentra en la colección del Banco de España y ha sido el paradigma en muchas exposiciones que han tratado el tema del trampantojo.

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Huyendo de la Crítica de Pere Borrell del Caso (1874). Colección Banco de España (Madrid)

Hablar de los trampantojos es hablar de aquella pintura que como dice su definición, engaña al ojo o le hace trampa. Aunque se puso de moda en la pintura mural del siglo XVII en España, su origen lo podemos remontar a la época griega y al famoso relato de como en la disputa entre los pintores Zeuxis y Parrasio (s.V a.C), el primero aventajó al segundo por haber creado una pintura con unas uvas tan reales que hasta los pájaros quisieron picotearlas y al invitar a Parrasio a que cubriera su pintura con la cortina desplegada, éste quedó sorprendido al percatarse que igualmente se trataba de una pintura.
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Bodegón con uvas de Juan Fernández el Labrador (ha. 1636) Museo del Prado (Madrid)

El desarrollo de los trampantojos se continuó en la pintura pompeyana y de alguna manera en la época medieval, resurgiendo en el Renacimiento y teniendo su máximo apogeo en el Barroco pero no quedó ahí, sino que no se ha ido perdiendo este género hasta incluso llegar a nuestros días.
En Huyendo de la Crítica nos encontramos con una pintura en la que refleja a un muchacho vestido de manera pobre, que en cierta manera recuerda a esos niños mendigos o pobres que Murillo supo reflejar en sus obras. Ya de por sí, este recuerdo nos lleva a pensar en un hito, un icono de la pintura española y de lo mucho que se le ha valorado ya no solo en España sino en Inglaterra en donde su pintura supuso una gran influencia.
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Comparación del niño Huyendo de la Crítica con Niño apoyado en el alfeizar (Murillo)

El joven quiere salir del cuadro de una manera precipitada y agitada. Se encuentra  asustado e incluso con miedo, como desesperado por escapar de un agujero. Esta actitud la podemos ver al agarrarse al marco para doblar la pierna y ejercer una presión que le haga salir de ahí. Pero aún es mucho más patente en su rostro en donde su cara asustadiza y sus ojos sobresaltados mirando hacia un lado nos transmite miedo, temor e incomprensión. El niño huye de algo que no sabemos que es porque el fondo es neutro, oscuro y desconcertante. La obra intimida más al ver un marco tan realista y que el propio retratado sale de ella al ver que su pie, manos y cabeza ya se encuentran en otro plano externo al propio marco. E incluso, como si fuera El Grito de Munch, casi podemos oír las palpitaciones de su corazón, el respirar agitado o sentir el sudor de miedo y desesperación que representa.
Esta pintura inquieta bastante por dos motivos, en primer lugar por lo realista del cuadro, casi me atrevería a decir hiper realista y en segundo lugar porque la propia imagen que fue pintada y enmarcada sale asustadiza de su propio marco y quiere saltar al vacío de nuestra realidad. Un marco inexistente como objeto real que no tendría sentido que lo tuviera porque perdería el engaño que pretende reflejar la obra.
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Huyendo de la Crítica. Detalle

La pintura me invita a una reflexión sobre el propio concepto de la pintura y sobre cualquier crítica o comentario que se pueda realizar sobre ella y en general sobre cualquier obra de arte. Ya el propio título Huyendo de la Crítica nos dice mucho. Es como si el niño, que simboliza la pintura o la temática representada encajada en un marco, quisiera escaparse desesperado de su propio recuadro para no ser partícipe o protagonista de las miradas que tendrá o de los tantos comentarios, análisis, reflexiones u opiniones que tanto hacen el público, los críticos o historiadores del arte.
Los historiadores del arte y críticos nos han hablado y han escrito sobre la teoría del arte, sobre las obras de arte, su historia y su significado y lo asumimos como una verdad inamovible. E incluso nos creemos que las personas a las que llamamos “eminencias” tienen más razón por sus años de estudio e investigación. Pero respetando la pasión, el tiempo y la dedicación de cada una de esas personas, hemos de plantearnos si realmente están en posesión de la verdad o simplemente plantearnos de cual es la verdad de una obra de arte porque si lo pensamos detenidamente tan solo podríamos decir que no lo sabemos.
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Huyendo de la Crítica en la exposición Metapintura /MNP

Para mí, ver a este muchacho huyendo de su propio marco lo hace para no ser etiquetado por la sociedad, para preservar su verdad, para que no sea objeto de opiniones que cambian en función de las oleadas que se ponen de moda en cada momento y que unas se pisan a las otras, huye porque lo único que quisiera la pintura es preservar el significado o el simbolismo para el que fue realizada, en definitiva su verdad. E incluso huye de las palabras de este mismo post en el que me atrevo a escribir sin ánimo de afirmar que mis palabras sean una verdad y que tan sólo son eso, impresiones personales.
E incluso podemos dar un paso más a un plano más personal y actual. Quién al ver este cuadro no se siente invadido o incluso identificado con el muchacho, representado como un simbolismo de nuestra propia persona. Una persona que también está llena de miedos y que a veces tenemos un deseo desesperado de que no nos invada queriendo huir de él, con la misma desesperación y angustia que el propio muchacho refleja (que incluso pueda ser el reflejo de un miedo que el propio pintor posee y nos lo ha querido mostrar a través de su obra). Cuántas veces nos sentimos encajonados en una situación, en un marco de la vida de la cual pensamos que no podemos huir pero en el fondo tenemos un deseo inmenso de hacerlo.
Poder mirar una obra de arte no es verla solamente desde un plano del espectador como si fuera algo externo que no nos atañe, sino que también puede ser un acercamiento para conocernos a nosotros mismos y vernos reflejados en algo que nos puede ayudar a entendernos más.
Esto es lo que a mí me ha hecho pensar y escribir de una manera diferente gracias siempre al despertar que me provoca Vanesa Saavedra, mi Pequeña, quien me ayuda a mirar con otros ojos el arte y la historia y quien me va despertando una nueva sensibilidad en el arte y a la cual, no existen palabras en el diccionario para agradecérselo.
Por David Gutiérrez
 
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Publicado por en 29 enero, 2017 en Iconografía, Pintura

 

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